PATIO CHICO
30 minutosDestaca especialmente la Torre del Gallo, un cimborrio de influencia bizantina coronado por una veleta con forma de gallo que le da nombre. Forma parte de los llamados cimborrios del Duero, junto con los de Zamora y Toro, y es considerada una de las obras más fascinantes del arte medieval español.
Cada verano se convierte en un escenario privilegiado en el que las actuaciones teatrales y musicales congregan a multitud de espectadores.
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La consolidación de Salamanca como sede episcopal favoreció, a mediados del siglo XII, el inicio de la construcción de la Catedral Vieja de Salamanca, en torno a la cual se desarrolló uno de los espacios más dinámicos de la ciudad: la Plaza del Azogue, centro de la actividad comercial. Este núcleo urbano adquiriría aún mayor relevancia tras la fundación, en 1218, del Estudio General del Reino de León, germen de la Universidad de Salamanca. Durante sus dos primeras centurias, la institución careció de edificio propio, por lo que la docencia se impartía en las capillas del claustro catedralicio. Sin embargo, el progresivo crecimiento del Estudio obligó a expandir sus actividades a inmuebles propiedad del cabildo situados en las calles próximas al Patio Chico: la enseñanza de Leyes se ubicó en la calle del Arcediano, la de Gramática en la de San Vicente y la de Decretales en otras dependencias cercanas. Esta dispersión se mantuvo hasta que, en 1411, el cardenal Pedro Martínez de Luna ordenó la construcción del edificio de las Escuelas Mayores, lo que permitió centralizar la actividad académica.
Paralelamente, el entorno catedralicio se consolidó como un espacio residencial vinculado a las élites eclesiásticas y administrativas, acogiendo a clérigos, notarios e hidalgos. Junto a la Puerta de Acre —que conectaba directamente la catedral con el Patio Chico— se concentraban las escribanías notariales, donde se formalizaba una parte sustancial de la documentación oficial de la ciudad.
Este paisaje urbano, caracterizado por la densidad de edificaciones históricas en torno al Patio Chico, perduró hasta bien entrado el siglo XX. No obstante, el progresivo deterioro de muchos de estos inmuebles motivó su demolición y sustitución por construcciones modernas o espacios ajardinados, transformando de manera significativa la fisonomía de este sector histórico de Salamanca.
A la sombra de las Catedrales, en pleno Barrio Antiguo, se encuentra uno de los rincones más emblemáticos de Salamanca: el Patio Chico. Este espacio, íntimamente ligado a los orígenes medievales de la ciudad, fue el punto desde el que comenzó a levantarse la Catedral Vieja, alrededor de la cual se articuló el primer núcleo urbano medieval.
El Patio Chico es un auténtico remanso de paz, apartado del bullicio del tráfico de la ciudad. Aquí, a los pies de las dos catedrales, se percibe la convivencia de dos mundos: el románico de la Catedral Vieja, y la Catedral Nueva, cuyos altos pináculos parecen querer tocar el cielo.
La Catedral Vieja destaca por sus tres ábsides románicos, impecables en su factura, con líneas de imposta decoradas con ajedrezado y bellas ventanas abocinadas. Pero la mirada se dirige inevitablemente hacia la Torre del Gallo, el cimborrio de inspiración bizantina coronado por la célebre veleta en forma de gallo, uno de los símbolos más queridos de la ciudad. A su derecha se abre una de las puertas de la Catedral Nueva, que da acceso al crucero, junto a la sacristía neoclásica.
Las calles que rodean este espacio evocan a figuras ligadas a la literatura y la historia salmantina. Desde el Patio Chico parte la calle del Arcediano, que conduce a uno de los jardines más bellos de la ciudad: el Huerto de Calixto y Melibea, escenario literario de La Celestina. El nombre de la calle, ya citado en la obra, procede de una vivienda medieval que existió en el solar del actual huerto y que fue demolida en 1862. Perteneció a Diego López, arcediano de Ledesma, cuyo sepulcro gótico se conserva en el crucero de la Catedral Vieja. Más tarde pasó al Cabildo y fue residencia, entre otros, del obispo Alfonso de Paradinas. En 1981 el espacio pasó a manos municipales y se convirtió en jardín público.
En la misma plazoleta de acceso al huerto se encuentra la Casa de la Calera, hoy reconvertida en albergue para peregrinos del Camino de Santiago.
Regresando sobre nuestros pasos, desde la Plaza de los Leones se obtiene una de las mejores panorámicas del conjunto catedralicio. Ante nosotros se despliegan siglos de historia: los ábsides románicos de la Catedral Vieja, la Torre del Gallo, la torre campanario con su cúpula barroca y, a la derecha, la imponente Catedral Nueva, coronada por su cúpula neoclásica, que sustituyó a la barroca diseñada por Joaquín de Churriguera tras los daños causados por el Terremoto de Lisboa de 1755.
Callejeando encontramos las calles de San Vicente Ferrer —el célebre predicador dominico que pasó por Salamanca en 1412— y la de Doyagüe, dedicada al compositor salmantino Manuel José Doyagüe, una de las figuras musicales más destacadas del siglo XVIII. Fue catedrático de Música de la Universidad, maestro de la Capilla de Música de la Catedral y recibió del rey el título honorífico de Maestro del Real Conservatorio de Música. Su sepulcro se encuentra en la capilla de Santa Catalina de la Catedral Vieja.
Muy cerca, en la cuesta de Carvajal —antiguamente llamada de Buenaventura— se sitúa la famosa Cueva de Salamanca, antigua cripta de la iglesia románica de San Cipriano, donde la tradición y la literatura situaron la leyenda del lugar en el que el diablo impartía clases de nigromancia.