COLEGIO MAYOR FONSECA
30 minutosEl edificio es una de las joyas del Renacimiento español. Destacan su portada presidida por el medallón de Santiago en la Batalla de Clavijo, la capilla con retablo de Berruguete y el elegante patio central. En el siglo XIX el colegio acogió a clérigos irlandeses, que residieron allí hasta 1936. Durante la Guerra Civil, el edificio fue sede de la embajada alemana.
En el siglo XX, bajo los rectores Madruga y Tovar, el Colegio y la Hospedería pasaron a formar parte del patrimonio de la Universidad de Salamanca. Hoy funciona como residencia universitaria para profesores e invitados y como sede de congresos, encuentros y actos institucionales.
Alonso de Fonseca III fue uno de los personajes más influyentes del siglo XVI en España. Hijo de Alonso de Acevedo II y de María de Ulloa, señora de Cambados, estudió en la Universidad de Salamanca, donde comenzó una carrera eclesiástica meteórica. Con solo 33 años, tras la renuncia de su padre al arzobispado, fue nombrado arzobispo de Santiago de Compostela. Más tarde ejerció como Capellán Mayor de los Reyes Católicos y, gracias a su buena relación con Carlos V, llegó a ocupar el arzobispado de Toledo, el cargo eclesiástico más prestigioso del reino. Murió en 1534 en Alcalá de Henares, aunque sus restos fueron trasladados a Salamanca, donde descansan en la capilla del Colegio que él mismo fundó.
Además de su papel político y religioso, Fonseca destacó como uno de los grandes mecenas de su tiempo. Impulsó importantes obras artísticas en Santiago de Compostela y Toledo, pero fue en Salamanca donde dejó su huella más profunda. Aquí continuó la labor iniciada por su padre en el convento de las Úrsulas encargando a Diego de Siloé el sepulcro paterno y a Juan de Borgoña el retablo de la iglesia.
Su proyecto más ambicioso fue la fundación del Colegio de Santiago el Cebedeo, más conocido como Colegio del Arzobispo o Colegio de los Irlandeses. Lo concibió como un centro benéfico y universitario destinado a estudiantes sin recursos, y lo convirtió en heredero universal de sus bienes, incluida su valiosa biblioteca. Con el tiempo, el edificio también se convirtió en el lugar elegido para su sepultura. Aunque estaba pensado para solo veintidós colegiales —más tarde reducidos a trece—, el complejo acogía capellanes, personal de servicio y otros residentes que formaban una pequeña comunidad.
La construcción del colegio comenzó antes de su aprobación oficial por el papa Clemente VII en 1525. Ya en 1518 los franciscanos habían cedido el solar, y en 1519 se levantaban las primeras estructuras. No existe consenso sobre el autor del proyecto: algunos lo atribuyen a Juan de Álava y otros a Diego de Siloé, considerando a Álava ejecutor de determinadas partes del edificio. También se menciona la posible intervención de Alonso de Covarrubias.
Al norte del colegio se levantó en 1558 la primera hospedería, ampliada y trasformada a finales del siglo XVIII. La fachada actual de la hospedería se rehízo en 1740 según diseño de Alberto de Churriguera, aunque la ejecución correspondió a Andrés García de Quiñones. Originalmente, estaba destinada a alojar a los colegiales que, tras concluir sus estudios, permanecían en Salamanca a la espera de obtener un cargo o destino en la administración. En 1901 el edificio pasó a albergar dependencias de la Facultad de Medicina y, en 1925, se añadió el anfiteatro anatómico, obra de Santiago Madrigal.
Tras la clausura de los colegios universitarios, el edificio pasó por diversas funciones. En 1801, durante la Guerra de las Naranjas, fue utilizado como hospital militar francés, y poco después se convirtió en Hospital General.Tras la Guerra de la Independencia, el inmueble fue ocupado por los estudiantes irlandeses, ya que el Colegio de Nobles Irlandeses de San Patricio había quedado destruido durante el conflicto. Durante la Guerra Civil, y en concreto, de junio de 1937 a mayo de 1939, el Colegio fue la sede de la embajada alemana.
Gracias a las gestiones del rector Esteban Madruga, la Universidad logró recuperar el edificio en 1936, cuando los estudiantes irlandeses abandonaron definitivamente la ciudad. Una vez restaurado, el edificio se destinó a residencia de profesores universitarios, invitados y visitantes ilustres. Sus espacios se adaptaron a las necesidades modernas, pero siempre respetando y preservando el carácter histórico del conjunto.
El conjunto del colegio responde al modelo característico de las grandes instituciones docentes del Renacimiento en la Universidad de Salamanca: un edificio autónomo, organizado en torno a un amplio patio central, que articula la vida académica, religiosa y cotidiana. En torno a este núcleo se disponen los espacios esenciales del complejo, como la capilla, la biblioteca, el comedor, el zaguán, las salas de estudio y las habitaciones de los colegiales. Su construcción se realizó en varias fases, lo que explica la riqueza de soluciones arquitectónicas y la mezcla de estilos que presentan el conjunto de Colegio y Hospedería.
La fachada principal constituye uno de los elementos más monumentales del edificio. Se levanta sobre un gran atrio elevado, que no solo salva el desnivel del terreno, sino que también realza simbólicamente la importancia del conjunto. Este espacio, delimitado por columnas de granito, actúa como una especie de plataforma representativa. La portada introduce novedades decisivas dentro del plateresco salmantino, como el uso del dintel en lugar del tradicional arco, además del contraste entre la piedra dorada de Villamayor y el granito gris, que aporta gran riqueza cromática.
La decoración de la fachada es especialmente cuidada y simbólica. El primer cuerpo se organiza mediante columnas adosadas y un gran dintel, acompañado de motivos heráldicos y referencias a la tradición santiaguista del edificio. En el segundo cuerpo destaca una ventana monumental rodeada de figuras escultóricas, medallones y elementos alegóricos vinculados al fundador y a su linaje. El conjunto se remata con un gran medallón de Santiago en la Batalla de Clavijo, sostenido por figuras aladas, que refuerza el carácter simbólico y propagandístico del edificio.
El acceso conduce al zaguán, un espacio de planta cuadrada que organiza la circulación hacia las principales estancias. Desde él se accede a la capilla, al patio y a otras dependencias. Su cubierta, una bóveda gótica de gran riqueza formal, y la portada interior de la capilla, concebida como un arco triunfal con abundante decoración plateresca, evidencian la intervención de maestros de primer nivel como Juan de Álava.
La capilla es uno de los espacios más importantes del conjunto. De planta de cruz latina y nave única, se construyó en dos grandes fases. La primera corresponde a la nave, levantada en la década de 1520 y cubierta con bóvedas de crucería estrellada. En una segunda etapa intervino Rodrigo Gil de Hontañón, quien amplió la cabecera, añadió el crucero y elevó el cimborrio. En su interior destaca el retablo encargado a Alonso de Berruguete, una obra maestra del Renacimiento español que combina escultura, pintura y relieve con una gran intensidad expresiva.
El patio constituye uno de los espacios más sobresalientes del Renacimiento español y una de las piezas más armoniosas del conjunto. Diseñado por Juan de Álava siguiendo trazas atribuidas a Diego de Siloé, presenta planta cuadrada y dos niveles de galerías con arcos que se alternan entre medio punto en la planta baja y carpanel en la superior. La decoración es especialmente rica, con balaustradas de diseño variado, escudos heráldicos de la familia Fonseca y una impresionante serie de 128 medallones que representan personajes bíblicos, históricos y mitológicos. Todo ello convierte el patio en un auténtico programa iconográfico sobre la virtud, el saber y el prestigio.
El conjunto se completa con la antigua hospedería, construida inicialmente en el siglo XVI y reformada en el siglo XVIII bajo diseño de Alberto de Churriguera y ejecución de Andrés García de Quiñones. Este edificio, de carácter barroco, amplía la funcionalidad del complejo y muestra la evolución histórica del colegio, que ha ido adaptándose a nuevas necesidades sin perder su esencia original como espacio de formación, conocimiento y poder académico en la ciudad de Salamanca.
Con el nombre de La medida del Tiempo, el Colegio Fonseca alberga de manera permanente una colección de relojes populares fabricados entre 1800 y 1925, situada en uno de los pasillos que dan acceso a las habitaciones. La muestra pertenece a Andrés Santiago Zarzuelo, un apasionado coleccionista que adquiría relojes en mercadillos europeos y los restauraba personalmente.
Ofrece un recorrido por la historia del uso del reloj durante el siglo XIX, un periodo clave en la evolución de sus mecanismos, en la que se generalizó el reloj mecánico y la fabricación artesanal dio paso a la producción en serie. La exposición reúne 144 relojes de gran variedad de modelos —murales, de sobremesa, de pie o despertadores— y de estilos muy diversos (Romántico, Luis XVI, Isabelino, Segundo Imperio, Biedermeier o Victoriano). Destacan también varias series especialmente importantes, como los conocidos “ojos de buey” y los relojes “Morez”, que permiten apreciar la evolución técnica y estética de la relojería popular.